lunes, 11 de mayo de 2015

ENTREVISTA A CLARA JANÉS.





“El poema te responde qué eres”






La mujer y la literatura forman un ramaje tan frondoso como fecundo. El primer escritor del que hay constancia fue una mujer. La sacerdotisa acadia Enheduanna. La primera novela datada la escribió una mujer. Murasaki. Estas dos referencias abren la hendidura y nos dan una pista del calado femenino en las letras. Letras de todos los tiempos, letras de todos los lugares. Clara Janés (Barcelona, 1940) ha trazado una fascinante y hermosa cartografía sobre el asunto. El resultado: ‘Guardar la casa y cerrar la boca’ (Siruela).

¿Cómo es posible que no tengamos conciencia nítida de la importancia tan capital de la mujer en la literatura de todos los tiempos? 

Es verdad... a medida que iba descubriendo estas cosas me iba quedando atónita. Durante mucho tiempo guardaba datos, noticias, apuntes, hasta que se impuso hacer un libro porque eran muchas; esta cuestión es como un cesto de cerezas, coges una y sacas otras muchas. Es muy interesante. Lo más asombroso fue descubrir que el primer escritor de la historia fue una mujer, la suma sacerdotisa acadia Enheduanna, alrededor del 2.500 a.C. Me enteré casi por azar. En un encuentro de poetas árabes en el que participé, conocí a una poetisa iraquí a la que le conté que había escrito un libro erótico en el que me investía de todas las diosas de la fertilidad; a los años, volví a coincidir con ella en Sicilia y me contó que había hecho lo mismo, y me habló de Enheduanna. Me encanta que el comienzo de la literatura sea una mujer enfrentándose a los sacerdotes. Es fantástico.

En este viaje, que tiene paradas tan distintas (en el tiempo, en los territorios), sorprende que el erotismo presidiera la escritura femenina, porque nos han hecho creer que se trataba de un asunto al que la mujer no le concedía importancia alguna...

Sí, otra de las mentiras que nos han contado... Desde Murasaki, que es el primer novelista de la historia, también mujer, es un tema que ha interesado y mucho a las mujeres... También esta cuestión los dos idiomas, el hombre culto tenía que escribir en chino, mientras que la mujer tenía que emplear un idioma silábico, mucho más natural. Esto ocurre en China, pero también en Japón y Corea. Es una de las paradojas alucinantes. El hombre no puede expresar lo que siente, ha de atenerse a las normas de la poesía china, y por tanto la mujer es la gran contadora. ‘La historia de Genji’, de Murasaki, ha sido comparado con ‘El Quijote’ y ‘El Decamerón’. Hay otras muchas... Wu Tsao, por ejemplo, una poeta coreana lesbiana, con una poesía intensísima, o las  arabigoandaluzas, como Muhya bint al-Tayyani, con poesía tremendamente  erótica...

Y en cuanto a las personalidades en las que se detiene, Hipatía, María de Zayas, Claopatra VII, Murasaki, Safo,  ¿con cuál se identifica más y por qué?

Me impresionaron muchas; particularmente, por la afinidad que siento, sor Juana Inés de la Cruz. Sor Juana tenía unos intereses y curiosidades enormes, y se hace monja porque quiere estudiar, es una paradoja de aquella época, la mujer que se encierra es la más libre ya que puede educarse para que evolucione su mente; tenía muchos conocimientos astronómicos (era amiga de Siguenza y Góngora, uno de los grandes intelectuales de entonces), musicales, y defiende el derecho de la mujer a tener acceso a la cultura. Al final la obligaron a arrepentirse, me parece muy fuerte que sea obligada a declararse la peor de todas... Murió cuidando enfermos. Es una poeta maravillosa. Pero te puedes identificar con otras muchas... con las mujeres afganas, que a pesar de la burka hacen poemas al amante (no al marido, del cual se burlan), jugándose la vida porque corren el riesgo de ser dilapadidas...

¿Está de acuerdo con Santayana con aquello que dice de que “la inteligencia es un injerto de la pasión”?

Es una de mis frases favoritas, estoy totalmente de acuerdo; de hecho, este año participo en el congreso en París cuyo tema es el placer, y quiero hablar del erotismo y misticismo, del misticismo como pasión erótica...

Es un maridaje fascinante...

Desde luego. Me sorprendió muchísimo una lectura que hice en verano, la correspondencia entre Jüng y Wolfgang Pauli, Nobel de Física y el reflejo en ciencia a lo que Jüng supone en temas de psicología. El inconsciente es el equivalente de la función de onda en física, para mí está clarísimo, en el inconsciente se puede encontrar todo. ¿Qué le pasaba a Santa Teresa? Su inconsciente, la séptima morada es un instante erótico. Habla del furor de amor... Hadewijchva más allá y lo denomina la “el devoramiento mutuo de Cristo y el alma en la eucaristía”.¿Qué más se puede decir?

Lástima que el inconsciente no aflore en modo y tiempo a nuestro placer...

Claro, no siempre es desvelable, pero la fuerza que tiene es lo que me interesa, cómo sin saber por qué haces algo. Me di cuenta de esta fuerza a finales de 2013, cuando escribí un libro de poemas en cuatro días y medio, sin saber por qué lo hacía. Hablaba de la ciencia y el erotismo, ‘La función de onda’. Después leí lo de Pauli y entendí por qué lo había escrito. Mi insconsciente se manifestó.

El inconsciente como la poesía, revelación...

Por supuesto, en poesía pasa mucho, durante mucho tiempo escribes sin saber muy bien qué te está diciendo el poema, un verso menor de pronto se convierte en piedra angular, escribes enloquecida y el poema te responde qué eres, qué estás diciendo de ti. En ese libro que te comentaba apareció una parte escondida, la de un erotoismo movido por la inteligencia. Al leer el libro de Pauli lo entendí perfectamente.

Hay una apartado sobre trovadoras, guerreras e iluminadas. Las dos primeras, de nuevo, abren la grieta al asombro.
 
Esta historia de las cortes de amor es tan complejo e interesante... la mujer tenía que ser conquistada para después convertir al hombre en su vasallo; otra cosa son las guerreras, estas mujeres que se empeñaron en ir a las Cruzadas. Hablamos de alrededor de dos mil. Cuando encontré este dato me quedé estupefacta. Ramón Muntaner lo cuenta, y casi ni te lo puedes imaginar. No han hecho creer que era impensable, imposible, pero lo cierto es que la mujer tenía la posibilidad de hacerlo.

Las mujeres, ¿se han visto más prisioneras del hombre, de la religión, de sí mismas o de la cultura para abandonarse a las letras?

Primero, por su propio cuerpo; el cuerpo de una muejr es distinto al de un hombre. Ahora no nos damos tanta cuenta pero en la antigüedad, con doce o trece hijos, de los cuales sobrevivía uno o dos, suponía una dependencia y dificultad enormes, la obligaba a estar pendiente de su cuerpo, algo que la sociedad y el hombre aprovechan para quitarla libertad. Pero también se da el caso, nada puntual, de la mujer que se autolimita. Por eso me extraña y me disgusta cuando leo acerca de las mujeres occidentales que se hacen musulmanas, no entiendo el cambio de religión, pero mucho menos que una mujer que tiene posibilidades y derechos renuncie a ellos.

¿Por qué no entiende los cambios de religión?

Verás... el último encuentro encuentro entre Rosa Chacel y María Zambrano, que propicié yo...

Echaba de menos a estas alturas de la conversación alguna referencia a Chacel...

... no me canso de citarla. En ese encuentro hablaron de muchas cosas. De pronto, Rosa dijo: “Yo soy católica porque así me hicieron”. María respondió: “Yo lo soy porque no voy a renegar ahora”. Esto me chocó muchísimo, pero después entendí que la religión es una cuestión cultural. Que llames a dios  Cristo o Alá es lo de menos. El credo es una forma de instalarte en la realidad; si ya tienes una, no busques otra. Tampoco creo en el fondo en estas realidades, lo importante para mí es entender la vida. Si sirve el credo para hacerlo, perfecto. ¡Ah! Otra cosa preciosa también de Rosa Chacel. Cuando publicó su poesía, la entrevisté para ‘ABC’. Estaba hablando de dios y le pregunté que qué quería decir cuando afirmaba que ella creía en dios. Se quedó en silencio y me respondió: “Que creo en la vida”. Ahí nos entendimos.  Dios como energía vital. Ya lo decían los Upanishad.



Es que Chacel, con Zambrano, es, quizás, la escritora más intensa del XX...

Un ser de una libertad absoluta y de una gran profundidad. No había nunca impostura, engaño, era la piedra en el estanque. Fantástica.

¿Se diferencia más la mujer del hombre en cómo escribe o en aquello sobre lo que escribe?

Las dos cosas van unidas... suelo decir que cualquier libro es un encefalograma y un electrocardigrama.





*Todas las fotografías pertenecen a Javier Lorente.

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