jueves, 23 de noviembre de 2017

ENTREVISTA A EDURNE PORTELA

Edurne Portela, escritora

“Tal vez la violencia nace de la propia vulnerabilidad”


‘Mejor la ausencia’ (Galaxia Gutemberg) es una novela que habla sobre la violencia, que trata -como la buena literatura- de acercarse a una realidad que no se explica desde un único juicio de valor, mucho menos desde un argumento único y compacto. Los personajes, como las personas más allá del papel, tienen sus momentos (de crueldad, de ternura), escogen la maldad (y tratan de justificarse) o bondad (no en todo momento luminosa). Su autora, Edurne Portela (Santurce, Vizcaya, 1974) creció en un entorno en el que la violencia -etarra, como la que marca la novela- dejaba trazas en cualquier resquicio. Acaso por ello lleva casi toda su vida tratando de entender cómo opera la violencia.


¿Cuándo es mejor la ausencia que la presencia física, corpórea?

Cuando esa presencia implica una violencia, una daño a la persona que la siente o la sufre; siempre hablamos de la ausencia de un ser querido, de alguien cercano, como algo negativo, le echamos de menos porque es o ha sido parte de nuestra vida, ha conformado nuestra existencia, pero a veces esa presencia puede ser negativa, a veces es mejor un grado de separación e incluso una ruptura  total.

¿Se puede reparar el daño que se recibe?

Depende de la magnitud del daño, pero hay daños que son irreparables, se pueden tomar medidas para subsanar las consecuencias del daño, si ha habido una violencia de un padre con una hija, por ejemplo, esa violencia no se puede reparar, estará dañada para siempre, psicológica e incluso físicamente. El padre, siguiendo con el ejemplo, puede intentar una reparación en el sentido de asumir responsabilidades, si es incapaz de tratar a esa hija con respeto aceptar que no puede estar cerca de ella… pero cuando algo se rompe tan profundamente, en casos de violencia de género, de tortura, de terrorismo, es irreparable.

¿Cuánta responsabilidad tiene el contexto en la biografía de cada cual?

Hablamos en esta novela de un contexto muy duro, en el periodo de los ochenta. Hay, por tanto, un contexto que invita a este tipo de comportamiento o actitudes, un contexto en el que hay una desposesión brutal en la margen izquierda del territorio, se inicia la desindustrialización, hay un ochenta por ciento de paro, entra la heroína con muchísima fuerza… es un contexto socioeconómico que puede llevar a caer a la autodestrucción. Imbricado con ello está la cuestión del conflicto, son años en los que, por una parte, ETA tiene actuaciones brutales y, por otro, encontramos la injerencia del terrorismo de estado, aparte de una presencia policial fortísima en las calles y un enfrentamiento enorme, de la gente con la Policía Nacional. Este contexto explica que alguno de estos personajes actúe de manera tan mezquina y horrorosa, pero no lo justifica. Ahí también está -no libre albedrío porque resulta muy cristiano- pero sí la opción de elegir. Hay momentos en la vida de este hombre que podría haber actuado de otra forma, pero opta por lo peor, aun siendo vulnerable y manteniendo sus momentos de ternura, se deja llevar y se aprovecha de la podredumbre del sistema, de la oscuridad, del miedo. Vive para conseguir un beneficio propio. Si el contexto es importante, pero las opciones vitales de cada cual son determinantes.

¿De qué depende que un hombre normal, como son tantos de los que aparecen en este libro, quede enredado en la violencia y pierda de este modo, como el que usted describe, la cabeza? Por otro lado, es curioso que Amador se considere víctima. Creo que porque sabe, en el fondo (como todos sabemos nuestra íntima verdad) que ha actuado mal, y no podría vivir aceptando eso, y se crea la narración de ser víctima…

Eso se pregunta Amaia, la hija… me gusta lo que dices, has visto que son personajes no planos, dentro de un contexto que se mueven y actúan según las circunstancias, como el padre, que llega a hacer auténticas barbaridades pero que él mismo se ve casi como víctima de este contexto, que alcanza un punto de no retorno en el que lo único que puede hacer es hundirse en ese horror. No sé lo que lleva a este personaje a ello, es como cuando de repente te ves en una situación inesperada y no sabes cómo has llegado allí, y das marchas atrás y tratas de ver dónde te has equivocado. No sólo el padre, la madre también, en realidad todos los personajes, van encontrándose con dificultades y tratan de afrontarlas cada uno desde su responsabilidad de ética o de falta de ética. Igual un personaje como Amadeo, el padre, no tiene ese centro sólido y por no tenerlo se deja llevar por vulnerabilidad que ejerce la violencia. Tal vez esa violencia nace de su propia vulnerabilidad. De su propia cobardía. En cualquier caso una sola razón no explica a ninguno de estos personajes.

La vida en un pueblo no resulta tan idílica como se imagina a veces desde la ciudad…

Ocurre en todos los pueblos, no solo en el contexto vasco, y eso a pesar de que Santurce es un pueblo muy grande, casi una ciudad, pero las comunidades son pequeñas, aunque estén expandidas; el pueblo aquí opera como entorno asfixiante en el que todo se sabe y nada se dice. Cuando se dice es como amenaza, las pintadas, por ejemplo; los desprecios no son tampoco directos. Esa dinámica del pueblo que se convierte en enemigo, sobre todo para los adultos, me interesaba reflejarla, aunque para Amaia también es el espacio de la solidaridad de sus amigas, de la sociabilidad, del respiro fuera de la asfixia de la familia.

Parece que es ahora el momento de construir el relato sobre lo ocurrido tantos años atrás en el País Vasco, y no lo digo por ‘Patria’, porque la ficción viene de mucho más atrás…

En ‘El eco de los disparos’ me centro en narraciones sobre este asuntos publicadas en este siglo, podría haber ido mucho más atrás, a obras que se escribieron mientras ETA estaba matando, con una calidad literaria y una gran profundidad, como los cuentos de Jokin Muñoz o los textos de Ramón Saizarbitoria. Creo que ahora ha llegado el momento de ahondar desde la narrativa; por una parte, hay toda una generación de nacidos en los setenta que hemos llegado a una madurez que nos invita a meternos en harina, por otro, el contexto social está mucho más tranquilo, no hay la amenaza física del asesinato, hemos procesado un poco mejor la historia y reflexionamos sobre ella. Lo que puede aportar la ficción es un espacio donde indagar en aquellos terrenos en los que la historia y el relato periodístico no pueden llegar, los afectos, el sustrato subjetivo, a esa parte de la historia es difícil acceder fuera de la imaginación, y nuestra contribución es la elaboración del conocimiento y la experiencia en ficción. El pensamiento que se nutre de la imaginación, de la empatía, produce una narración que abre la puerta a las zonas grises más difíciles de entender y al ámbito privado.

A usted siempre le ha interesado la violencia, antes incluso de centrarse en la realidad que mejor conoce, la vasca. ¿Por qué siente esa fascinación?

Si digo que me fascina la violencia… esta pregunta me la he hecho muchas veces. El primer proyecto de investigación que realicé, sobre las mujeres argentinas que habían sobrevivido a torturas, a la cárcel, la desaparición y el exilio me resultó durísimo de escribir, porque era es testimonial, aunque ficción, había un dolor tan profundo, un abismo de  maldad había rodeado a estas mujeres durante tanto tiempo… llegó un momento que hasta tenía pesadillas, porque de una manera que estás adoptando un trauma que no es tuyo, y eso ya comienza a ser patológico, así que traté de investigar sobre otros temas, pero finalmente me encontré leyendo testimonios de mujeres durante la Guerra Civil en las cárceles franquistas. Es… como una inercia. Finalmente desemboqué en la violencia de ETA. Supongo que me viene del contexto en el que yo he crecido, no he sido víctima de una violencia de ese tipo, pero con cierta sensibilidad la violencia a tu alrededor se te impregna y no sólo al nivel de los afectos sino en la curiosidad intelectual. Haber vivido en una sociedad en la que había tanta violencia de la que no se hablaba despertó en mí ese interés por entenderla.

Especializarse en un tema, ¿te hace perder distancia?

…Sí. Por eso cuando escribí ‘El eco de los disparos’ supe que no podía ser un ensayo objetivo, estoy involucrada en este tema y me falta la perspectiva suficiente; no puedo ser objetiva ante ningún tipo de violencia, porque, de alguna manera, cuando escribo sobre ello esa escritura sale de muy dentro, no sólo de mis reflexiones críticas, filosóficas o académicas, no desde un narrador distante, no sólo, en definitiva de mi conocimiento, de inteligencia, la que tenga, también desde mis afectos.

Hasta en el Concilio Vaticano II se habló de la violencia, como única vía posible en casos excepcionales. ¿Se justifica en algún caso?

Otra de las preguntas que me ronda siempre… yo la he justificado, a mí misma, en casos en los que la violencia se ejerce contra un régimen opresor, contra un tirano, como ha sucedido en las dictaduras latinoamericanas, y porque sé qué consecuencias tiene en individuos y en la colectividad las dictaduras. Pero si la justificamos es como un dogma. La violencia contra el opresor es aceptable, de acuerdo, pero ¿dónde ponemos la línea roja? Eso pasa por ETA, cuando asesinó a Carrero Blanco, se celebró en toda España.

Sí, como su primera víctima, Melitón Manzanas, a quien muchos consideraban el gran torturador...

También, mucha gente lo celebró. Nosotros de niños cantábamos “Voló, voló, Carrero voló”. Hay muertes aceptadas, como la de Carrero Blanco o Melitón Manzanas, bien, ¿y quién más? ¿Quién se lo merece y quién no? Hay figuras muy específicas (Franco, Hitler) contra la utilización de la violencia podría estar justificada pero ¿qué pasa con el sistema que han creado? Porque Melitón es producto de ese sistema, al margen de que pudiera ser un sádico. Si esta persona causa la muerte de otras personas resulta fácil justificar su muerte, el problema es qué hacemos después. Es un argumento muy complejo, implica muchos matices, y a la hora de matar a alguien hay que pensar en los matices.

El resto de España, ¿hizo cuanto estuvo en su mano durante el conflicto vasco?

Las palabras son muy importantes. Desde el presente no deberíamos juzgar comportamientos del pasado. En ‘El eco de los disparos’ trato de ser muy cuidadosa y de no acusar. En cuanto a la sociedad española… estaba durante todo el proceso en los años ochenta, noventa, hasta el final, dispuesta a aceptar la interpretación que daban los medios de comunicación sobre el conflicto vasco, es decir, había un conocimiento muy polarizado. Se daban los que creían que todos los vascos éramos etarras y los que creían que ETA eran salvajes desvinculados del contexto social vasco, y la realidad del problema vasco es mucho más compleja. Mucha gente aceptó sin querer profundizar una de estas dos narrativas simplistas y maniqueas. Creo que desde el resto de España hay que hacer una autocrítica; no podemos negar que buena parte de la sociedad española apoyó a ETA en sus comienzos, e incluso hasta casi el final mantuvo cierta ambigüedad. Cuando se decía que a los presos o a los sospechosos de etarras se los torturaba mucha gente ha mirado hacia otro lado, cuando no lo ha justificado en la intimidad; ahora se le da la espalda al problema de dispersión. Se está aplicando una ley de excepción cuando no deberían de aplicarla. La autocrítica se está haciendo en Euskadi, pero también hay que hacerla en el resto de España.

¿Conviene hablar de terrorismo cuando se habla de violencia machista?

A mí no me gusta porque es mezclar sin necesidad; entiendo que se aplique con esa idea de que es una agresión sistemática que viene no solo de la actitud individual sino que está casi amparada por un sistema social e incluso político que no lucha lo suficiente contra ella,  pero creo que el término ‘terrorismo’ no aporta nada, más bien embarulla.

Disculpe el humor un tanto siniestro pero de esa ‘Triple A’, Amaia, la pequeña, Aníbal, el yonki, o Aitor, el filósofo, ¿de quién queda más cerca Edurne?

Amaia está narrada desde el yo, y eso permite una más fácil identificación, también por el género y por cómo se enfrenta a un mundo machista dentro y fuera de casa, me identifico mucho con ella, y hay momentos de su historia vital que me tocan muy profundamente; pero también hay cosas de Aníbal o de Aitor con las que no sé si me identifico pero me provocan mucho cariño.

Es que hasta los más crueles tienen un momento de ternura…

Exacto. Tampoco Amaia es una víctima cándida, tiene sus aristas y muy duras. Aníbal me gusta mucho. Incluso Amadeo me da poquito de pena.

Ha comentado en un momento de esta conversación que había que ser muy cuidadoso con las palabras. He observado que emplea ‘Euskadi’, en vez de País Vasco o Euskal Herria.

Es que la nomenclatura no es inocente… Euskadi, de todos los términos posibles es el más neutro. Si digo Euskal Herria ya estoy hablando de las siete provincias, incluyendo a Navarra, aunque Navarra está presente en el conflicto, pero me sitúa en un sitio donde no quiero estar. Euskadi permite un reconocimiento de la cultura de la región, aunque sea una invención, remite a una historia cultural. Pero no me incomoda usar País Vasco.




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